Me siento como un animal atrapado entre las lindes de un bosque en llamas. El fuego avanza devorándolo todo con una furia imposible de contener y, aun así, sigo mirando atrás. Porque ese bosque, incluso mientras cae hecho cenizas, sigue sintiéndose como mi hogar. Un lugar donde nunca ocurría nada. Donde el tiempo dormía entre las raíces y el desastre parecía solo una vieja historia inventada para asustar a los débiles.
Conozco cada sendero, cada sombra y cada refugio oculto bajo las copas de los árboles. Ahí aprendí a sobrevivir. Ahí me hice fuerte. Y quizá por eso cuesta tanto abandonar aquello que nos destruye: porque también fue el lugar que una vez nos protegió del mundo.
No le tengo miedo al fuego. Le tengo miedo al vacío que queda después. A correr sin saber si volveré a encontrar otro hogar capaz de hacerme sentir vivo.
Pero hay incendios que nadie puede detener solo. Y aunque las ramas todavía susurren mi nombre y el bosque me ruegue que me quede, sé la verdad: ya no pertenezco aquí.
Debo irme.
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