Eres vicio y precipicio. Estás y dejas de estarlo. Puede que seamos hermanos en el fuego y me queme tu distancia. Decido caer porque tu gravedad me distrae de mi objetivo.
Tengo frío, ahora, en tu cama. Siento tu respiración y resigo tus lunares. No suelo dejarme ver así, tan expuesto y absoluto. Sé que aquí no hay ganadores ni nadie a quien vaya a salirle las alas. Vuelvo a esta cama de inseguridades varias veces al año, aunque esta sea física y tu nombre dibuje formas que nunca llegan a ser del todo iguales.
Me muero de frío, de hambre y de amor. Mi pecho solo quiere escapar y huir de tu bipolaridad. Solo quiero volver a un refugio estable, hacerme un ovillo y llorar. Ya no sé quién soy, a dónde voy ni que cara voy a tener a partir de mañana. Todo me da vueltas y siento que siempre escojo la peor de las opciones. Me siento juzgado, herido y pequeño. Me siento tan pequeño que siempre que persigo mis latidos pienso en mi madre. Pienso en volver a sus brazos y quedarme una larga temporada allí. Pero no soy capaz ni de articularlo.
A veces pienso que la noche más larga sigue sucediendo. Siento que en cuanto levanto la cabeza la oscuridad me engulle, el cielo se rompe y mi garganta queda eclipsada por el total terror.
¿Qué hago aquí, otra vez, buscando lo imposible? Quiero hundirme y morir. Quiero dejar de sentir. Todo y nada a la vez. Quiero que su respiración vaya al mismo compás que la mía. Quiero dejar de encajar, de querer encajar. Me duelen los huesos, el tiempo y el cuerpo. Soy un completo desastre que no es capaz de disfrutar de nada.
Pincho. Soy una cama lleno de ellos. Soy una habitación sin salida. Soy una muñeca que necesita constante atención. Deja de llorar. Deja de pedir. Deja de imaginar futuros posibles que tan solo te llevan a quemarte. Siento que me quedo sin espacio, que me encojo para darle al otro más calor, más ternura y más estallidos de colores.
Me estoy muriendo. Me pego a las sábanas como un imán. Todo está lejos. Todo parece a una millonada de kilómetros desde aquí. Todos los trenes continúan sin mí, sin pensar en los que quedamos atrás. No lo soporto. No soy capaz. No soy más que un peón gobernado por reyes. Mi sacrificio, quizás, sea mi mejor jugada.
Y ahora te escucho. Te despiertas a trompicones. Te diré que me acabo de despertar, pero llevo horas de insomnio, de lucha y de desesperación.
Nada aplaca a este frío, a este glaciar ignoto. La montaña de hielo es la culminación de todos los fantasmas que me agarran del tobillo. ¿Qué haces, qué te cuentas... me vas a echar de menos? Yo no quiero ser un parche ni un amigo. Yo no quiero ser la bomba que estalla entre tanta guerra. Ahora soy un misil a propulsión. Ahora soy la tromba de agua, la lluvia eléctrica.
Déjame volver a la nada, donde nada ocurre, donde nada tiene importancia. Nada es nada y nada es mejor que ser. Porque cuando eres quieres no ser. Quieres que la nada te haga ignorante. Quieres dejar de sobrepensar.
Vienes y vas y el día parece atragantarse. Mis instintos primarios nadan por abrirse paso. El reloj corre y me da miedo no estar en el lugar correcto ni en el momento exacto.
Despiértate. Hazlo ahora. Quiero que me veas. Quiero que me analices como si fuese una ecuación. Estoy aquí, dispuesto a todo y dispuesto a nada.
Nada. Siempre es nada. Aún cuando lo apuesto todo, siempre es un viaje épico hacia la nada.