Detengan todos los aviones. Detengan el viento y el mar. Detengan el tiempo.
Ya no sé si quiero bajarme aquí o flotar entre las nubes. Las turbulencias me recuerdan a mi hogar. Son heridas que sobrevuelan mi cabeza. No me hace falta más que una maleta para darme cuenta de que no soy más que piel y sangre. Si volver a casa me distancia de saber dónde encajo, recorrer otros parajes tan solo me descubre que lo que tengo es lo que soy, que no puedo arrancarme de un tirón. Que las habitaciones vacías también me representan, que los colores pasteles me devuelven a mi infancia y que el hielo más azul puede hacer grande una estancia pequeñita.
Nadie tiene tiempo para nada hasta que hacen tiempo para eso. La prioridad se elige. Estar o no estar es cuestión de elegir a tu acompañante. Desaparecer de la vida de alguien es de los maltratos más graves que existen, y aún así, los fantasmas existen. El egoísmo, el miedo o la presión acaba por dañar a uno de los dos.
Todavía quiero encajar, no sé muy bien dónde. Ahora todo cierra. Todo parece quedarse en pausa. Es tiempo de reflexión, de introspección, de escoger nuevos retos o superar antiguos baches, de crear nuevas historias y de retomar las que ya están escritas. Con tanto sol parece que las imperfecciones brillan más, pero si no es eso, será otra cosa. No podemos escondernos siempre en la sombra.
La vida a veces parece un milagro y otras un puro desastre. Aquí y ahora. Todo se vuelve más simple si tus frustraciones del pasado se quedan en los ríos del tiempo y la ansiedad del futuro deja de importar cuando sabes que aquello que no está en tus manos no puedes prevenirlo. Lo imprescindible, ahora, son estas palabras.
Mañana, ya me preocuparé por mañana.